Escribo historias. Historias que querrían que me sucedan, historias imposibles y algunas otras que ya me sucedieron y que siguen abiertas como una herida que no para de sangrar, que no puede sanar. Heridas abiertas como un libro abierto, que no ha terminado de leerse en la noche. Escribo, palabras y palabras en busca de un poco de tranquilidad o quizás, de comodidad. Busco en el mar de las sílabas, las vocales, las frases o en fin, un texto en sí, esa sensación de que aquellas heridas abiertas pueden sanar, pueden coserse y cicatrizar con la misma facilidad con la que uno deletreo "dolor". Escribo historias, muchas de ellas. Escribo mi vida para poder entenderla porque no encuentro salida en este laberinto, entre los callejones de la ciudad, entre aquellos seres humanos que dicen quererme y al año de conocerme, se largan lejos de donde sea que me encuentre. Lejos. Así me siento cuando escribo, lejos. Lejos del dolor por más de que escriba sobre sufrimiento, lejos del desamor cuando escribo que la gente a la que solía querer ya no me quiere, lejos de todo cuando escribo sobre mí. Soy un títere, dependo de muchas cosas. Soy vengativa con aquellos que me proclaman guerra y considerada con quienes es debido. Soy como el viento, cambio de direcciones todos los días a toda hora. Nadie sabe realmente como funciono, ninguna máquina me descifra, ninguna mente me entiende, ningún ser humano me ama. Entonces, me escribo. Me describo entre líneas, me doy a conocer siendo anónima. Escribo historias, dicen que lo hago bien. Pero se que en fondo, ellos no saben lo que duele. Ellos solo me leen. Me leen porque encuentran algo humano en mí. El dolor es humano. Si las cosas no doliesen, no podríamos distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo correcto y lo incorrecto. Escribo porque desquito mi dolor de esta forma. Porque aunque las palabras no alcancen para explicar y definir ciertas sensaciones o situaciones, por lo menos se acercan a lo real, a lo que realmente es. Tengo claro que el llanto es la única expresión de aquellas palabras que no pueden decirse, de aquellas que todavía nadie descubrió, las que la Real Academia Española por el momento no consideró. Escribo, historias, de gente sin nombre, de sentimientos que no pueden escribirse, de vidas que no son, de amores imposibles, de mí.








CUALQUIER SEMEJANZA A LA REALIDAD (no) ES PURA COINCIDENCIA, LOS HECHOS Y PERSONAJES QUE PODES LEER EN ESTE ESPACIO PUEDEN O NO EXISTIR.


Ella tenía una melena suelta, castaña y abundante. Los labios empapados en vaselina le daban un toque dulce a su cara. Sus grandes ojos marrones se aclaraban con aquellos impetuosos rayos de sol y ese toque de aire puro y frío empapaba sus ojos y le regalaban una mirada más transparente. Allí se encontraba de nuevo, arrastrada por un sin fin de recuerdos cargados a la espalda. Un paseo para recordar. Sí, quizás eso fue lo que le condujo de nuevo a aquel lugar. Paseaba lentamente, izquierda derecha, izquierda derecha… Miraba para un lado y para el otro, sentía el aire dentro de sus pulmones. Se prometió saber mirar, eso que tantas veces ronda en su cabeza y que sus profesores tratan de transmitirle para convertirse en aquello que siempre había deseado. Se dio cuenta de que vivía de forma pasiva sin darle la menor importancia a las cosas, ni siquiera a saber mirar aquello con otros ojos. Aprendió el valor del verbo ‘saber’… saber mirar, saber escuchar, saber sentir, saber transmitir. Aquella tarde era distinta, la brisa del aire era fría como octubre, el sol caliente le transmitía el ardor del verano, el olor a tierra mojada el sabor de los primeros días de primavera. Allí, a lo lejos observó su alrededor, dio un giro de 360º y se detuvo. De repente vio algo, la mirada la llevó a aquel lugar en el que había probado el sabor de sus besos la primera vez. Al girar 90º observó el sitio donde comenzaron juntos aquella historia con ilusión y con ese aire caliente y sensual propio de unos adolescentes. Si giraba 30º veía a lo lejos aquellos edificios ya construidos donde hacía unos años se habían perdido y habían imaginado un futuro juntos… ellos sabían que iban a ser los primeros en consumar su amor entre aquellas paredes húmedas y enyesadas. Si se daba media vuelta veía aquella tierra donde hacía unos meses se encontraron y donde bajo aquellas hileras de uva se habían vuelto a reencontrar con la misma mirada furtiva. Sin lugar a dudas aquel paisaje era el puro retrato de todas aquellas experiencias vividas bajo la sombra del amor. Le encantó volver a sentir y a vivir todo aquello que le hizo ser tan feliz. Pensó que de nada servía volver a llorar y caer en el más gris sentimiento. De vuelta a casa miró de nuevo aquellos edificios, de los días de amor, de las tardes de rebeldía, de los besos ardientes, de las risas detenidas, de las miradas profundas…y se dio cuenta de algo… Ese saber mirar le condicionó la clave para seguir adelante con su vida, al observar aquellos edificios ya pintados, con cortinas y macetas se dio cuenta de que todo evoluciona, de que hacía cuatro años eran puras estructuras desiertas en cuatro paredes. Así era el amor que juntos comenzaron en aquella época, toda una ilusión, una construcción. Pero aquel amor se derrumbó y quedó sepultado. En cambio aquellos edificios siguieron hacia arriba para convertirse en lo que son ahora y ella no podía quedarse estancada en aquellos recuerdos porque al igual que los edificios tenía que crecer y seguir adelante. Al igual que los edificios, él la acompaño en la historia de su vida construyendo su estructura y condicionándola para convertirla en lo que es ahora.